No hay emociones “malas”
A veces nos agobiamos mucho cuando vivimos una emoción desagradable. Creemos que si no la quitamos inmediatamente, nos quedaremos así para toda la vida o nos traerá consecuencias terribles. También puede estar la creencia de que esas emociones inquietantes no son sanas, que indican algún tipo de patología.
Podemos ponernos a pelear con el miedo, la rabia, la vergüenza… En cambio, no hay ningún problema con la alegría, por ejemplo. Está claro que esta última es más agradable, más deseable. Pero no es necesariamente más sana. Desde luego, sí que podría ser indicativo de que algo anda mal el que siempre estés enfadado, que casi todo te dé miedo, etc, ya que podría implicar un problema serio.
Pero cuando esas emociones las sentimos en determinadas situaciones o momentos vitales, el trabajo consistiría en aprender a comprenderlas y no sentirnos desbordadas por su presencia. Estas emociones, con sus correspondientes sensaciones físicas, pueden enseñarnos mucho sobre nuestras necesidades, nuestros anhelos, nuestras dificultades… Y el poder tolerarlas para llegar a esa comprensión, es fundamental para poder sacar esas enseñanzas.
Una primera propuesta en este sentido es observar las emociones en lugar de entrar en lucha con ellas (con esto último, por otro lado, no haríamos más que alimentarlas). Sí, observarlas, como cuando ves una película. No creértelas del todo. Así fomentarías esa otra parte que no se deja abrumar por ellas; no perderías la perspectiva y podrías investigar lo que hay debajo de estas emociones y lo que su comprensión puede aportar a tu vida.
“Eso es fácil decirlo, pero no hacerlo”, estarás pensando. Vale, pero la buena noticia es que es esta habilidad es entrenable.
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